Hace unos días alguien me dijo que parecía que me gustaba mucho reír y contesté que sí, cuando puedo me gusta reír, porque cuando llega el tiempo de la pena y el llanto no hay refugio ni excusas. Y sin darme cuenta estaba contando cuando en marzo del año pasado tú, que siempre habías dicho que no me habías llorar nunca, intentabas consolarme y yo sólo te pude responder "no puedo hablar. No puedo parar de llorar". Llovia, una llovizna suave y constante acompañaba nuestro llanto inconsolable.
Y me he acordado de algo que Sergio me decía con su sonrisa socarrona "tú y yo nos parecemos más de los que tú crees" y yo le miraba con mi mirada incredula. Es cierto. Los dos aprendimos pronto lo demoledora que es la pena, esa que te vapulea y te golpea sin ningún tipo de miramiento y supongo que eso nos hacía querer inmensamente la risa, porque el llanto, cuando llega, es demolerdor.
La puerta está abierta....
Por si alguien decide entrar, por si alguien quiere decir algo...la puerta está abierta. No se mé ocurre otra forma mejor de empezar que dejar que corra el aire.
Pensamientos para digerir
En las cocinas hemos aprendido útiles lecciones, sobre todo para vivir. En ellas nuestras madres, abuelas y en general las mujeres que las han habitado, nos han ensañado normas de convivencia, de educación y de otros aspectos de la vida. También es un buen lugar para las conversaciones íntimas, para las risas, para las lágrimas, sin olvidar que nos acerca a esa buena costumbre de la hospitalidad, un vino, un pedazo de queso, un poco de salao...aunque sea un poco de agua fresca. Por eso y por mucho más me gusta escribir desde la cuina, porque es el sitio de mi casa que más me gusta
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